Editorial 15/05/2019

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Recuerdo el golpazo que me di cuando tenia seis años
rodé por la escalera y me clave el picaporte de la puerta
mi viejo acarició el pelo ensangrentado y me dijo 
“Bueno, Pablo, tranquilo, lo peor ya pasó”
el consuelo bajó la intensidad de mis gritos
pero lejos estaba de la realidad
la cosa empeoró
cuando me hicieron ocho puntos con una aguja enorme
cuando tuve que ir a la escuela con una venda que rodeaba mi cabeza
y finalmente esa cicatriz eternamente roja que llevo en la frente
me acordé de todo eso 
cuando escuché al representante del FMI
repetir lo de “lo peor ya pasó”
esa muletilla insistente pronunciada cada semestre
pero ya no soy un infante que consuelan con frases de manual
¿que fue lo peor que ya pasó?
¿que pasó con lo peor que nos pasó?
Hay un paternalismo rancio en el tono macrista
nos cree imposible de discernir la gravedad de lo que nos pasa
nos ubica como niños necesitados de un patriarca que nos guíe 
nos alienta a creer en el misterio de un crecimiento económico que no se ve
nos presume bobitos que se maravillan con globitos
nos acaricia con el guante blando del discurso 
y nos golpea con la mano dura de los gendarmes
un gurú de la autoayuda express 
que nos exige que repitamos un mantra consolador
si se puede
lo peor ya pasó
si se puede
lo peor ya pasó
¿pero acaso no estamos cada vez peor?
¿pero acaso puede ser peor?
El presidente no escucha a sus soberanos
trata de convencernos de que somos infantes terribles
incapaces de interpretar el tiempo histórico
temerosos de la madrastra Carrió
adoradores de la wonder woman Vidal
cautivos del culebrón ecuatoriano
en su ensayado personaje de hecho para triunfar
se lo nota un poco harto, cansado y molesto
tal vez presume
que sus aforismos evangélicos
están siendo tapados
por el ruido colectivo
de unos adultos que despiertan alarmados
de un sueño patriarcal y neoliberal