Editorial: «Los 90 de Sonia» (subversión de Marta Platía)

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Sonia busca. Se levanta y busca. En las cajas que llenó de recortes de esos diarios que le mentían y no. En las fotos de su vida. En los pliegues de su mente y de su piel. En los sueños de sus noches cortas. Sonia es esa Sonia que hace mucho ya no es sólo Sonia: es de la legión de mujeres que escarban en la tierra, en el aire, en lo que se dice y no, buscando los hijos que les crecieron en el vientre. En el propio y en el que le alcanzó a acariciar a Silvina antes de que se la arrebataran con un embarazo de más de seis meses. Sonia es sus 90 años; la que busca ahora y antes. Cuando golpeaba puertas. Las de los asesinos. Las de los cómplices. Las del Arzobispo. Las de una sociedad que a veces la aplaude y otras la ignora. La que busca y no para. Ni para vivir ni para morir. Su vida es ya una balada para no morir. Un canto de cisne que no piensa concluir hasta que ese nieto llegue. Hay cientos de jóvenes que desean ser sus nietos. Es la esperanza puesta en cada llamada. Es ésa que jamás será una anciana. La que ven en las marchas, con su pancarta llena de la sonrisa de Silvina. Sonia es la del clavel rojo: ése que lleva como la “bailaora” de una fiesta a la que nunca soñó asistir. La que conoce centímetro a centímetro cada maldito centímetro de La Perla y del Buen Pastor y del Campo de la Ribera. Sonia es ésa: la mujer-legión a la que le arrancaron la vida, los hijos, un nieto y todavía sigue. Aunque jamás envejecerá. Porque los que esperan no envejecen. Se quedan así, suspendidos en el tiempo a la espera de que sus queridos regresen. Las Madres, las Abuelas lo saben: los hijos atan a la tierra. Por eso siguen acá. Y seguirán. A menos que un huracán las derrumbe. Pero los huracanes no pueden contra el amor, que es noble, inamovible como las rocas profundas que guarda la tierra. Y Sonia es una roca.