«La mujer en la muralla»

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Subversión de un texto de la novela «La mujer en la muralla» de Alberto Laiseca

El amor es una alianza de guerra entre dos estados soberanos.
Cualquier ataque al territorio aliado significa un ataque a su propio territorio.
Cualquier otra base de entendimiento no es amor sino traición.
El traidor se enoja con el traicionado,
tal como es clásico y canónico,
y ésta es precisamente la prueba de que traicionó.
El traidor deja de traicionar sólo cuando deja de hacerlo retrospectivamente,
y sólo se puede volver reversible lo irreversible de un acto,
admitiendo la propia frialdad, el egoísmo y el desamor,
pasando por alto las excusas alegadas,
que siempre existen y son válidas.
Las razones son por ejemplo,
“el otro también tuvo actos de desamor”.
Estas razones son mentiras y excusas,
y la prueba está en que no sirven para crecer,
pues uno sigue igual que antes.
La prueba está en que nos ponemos furiosos contra el otro,
que no hemos perdido nuestra capacidad de levantar barreras, corazas y grandes murallas.
Nos cerramos en lugar de quedar desnudos e indefensos,
tan desnudos e indefensos como quedó el otro en su momento,
para por lo menos pagarle así: con una igualdad.
Porque esta es la única manera de cambiar lo irreversible:
no compartir responsabilidades,
porque compartirlas tranquiliza,
y así uno no cambia.
Nada alcanza para cubrir ni en su más mínima parte el vacío del desamor.
No te pregunto si eres bueno o malo.
Sólo te pregunto si alguna vez,
desde el fondo mismo de los huesos
y en forma definitiva
te jugaste por el amor